Loca por las flores

Texto: Dana Covit, Fotos: Hamish Robertson

Estoy en la parte trasera de un taxi de camino al aeropuerto internacional de Los Angeles y mi conductor, un hombre que se llama Reza con una voz muy melódica, me está resumiendo la historia su vida. Y es una buena historia.

Reza nació en Irán y ha vivido en muchas ciudades en diferentes continentes. Habla un montón de idiomas y actualmente podríamos decir que es pluriempleado. Crió a sus dos hijas él solo después de que su mujer falleciera. Y le encanta la ciudad de Los Angeles. Cuando le comento que a mí también, me pregunta qué es lo que más me gusta.

He descubierto una cosa: los que amamos Los Angeles tendimos a susurrar sus mejores secretos como si estuviéramos compartiendo recetas familiares.

Le respondo que, sorprendentemente, las plantas de la ciudad son una de las cosas que más me flipan de vivir aquí. Los ojos de Reza se iluminan y me miran por el retrovisor. Él también es un forofo de las plantas. Tanto, que crea pequeñas joyas a partir de plantitas y semillas que encuentra por ahí en sus paseos por la naturaleza. Toca el colgante en forma de ojo de demonio que cuelga del espejo. “Lo hice yo, me dice.

Ambos estamos de acuerdo en que es genial el hecho de saber apreciar el entorno y ser capaz de ver los cambiantes matices y detalles de una ciudad a partir de las plantas y las flores. Observar los colores, formas y eventos estacionales que ocurren en la flora de nuestros barrios es algo que nos maravilla, que nos transmite paz.

Vuelvo a observar la ciudad de lejos, y me doy cuenta de que las plantas han empezado a florecer y, como este invierno ha llovido más, las montañas parecen más verdes y suaves. Incluso las magnolias han salido con antelación. Más de una vez he parado el coche mientras conducía para hacer fotos a las flores de camino. Siempre que llego tarde a los sitios es por culpa de las flores. Por suerte mis amigos no me lo tienen en cuenta.

Llevo en Los Angeles cinco años, pero crecí en New Jersey donde las flores duran poco y el verde de los árboles desaparece de golpe. No me crié entre jardines. Pero sí que pasé muchas tardes cavando en la tierra bajo la sombra del roble plantado junto a mi casa. Me gustaba jugar con la hierba de los campos de futbol y escuchar el sonido del viento azotando la hierba frondosa de terrenos descuidados en barrios de las afueras.

Pero parece que no estoy sola en mi pasión por las plantas y sus efectos curativos son de sobras conocidos. En la cultura mexicana, la tradición holística de los curanderos está basada principalmente en las plantas y las hierbas. Y la medicina ayurvédica, que incluye tratamientos hechos con plantas, se ha practicado en la India desde tiempos antiguos.

La ciencia detrás del “poder de las plantas” también es muy real. Pasar tiempo al aire libre, en plena naturaleza, tiene un montón de beneficios documentados para la salud. En Japón, la práctica del Shinrin-yoku o “baño en el bosque,” que consiste simplemente en pasar ratos rodeado de árboles, ha sido sujeto de múltiples estudios. Durante ocho años, científicos japoneses documentaron los efectos de estos baños, analizando marcadores fisiológicos como la presión sanguínea o el pulso cardíaco, la reducción de las hormonas del estrés, el sistema inmunológico y otros síntomas generales de bienestar. Los resultados fueron tan prometedores que, como consecuencia, se diseñaron 48 itinerarios en la naturaleza por todo Japón.

Estamos ya a tan solo 10 minutos del aeropuerto y le pregunto a Reza por qué cree que interactuar con plantas nos hace sentir tan bien. Pienso que quizás él tendrá una versión alternativa a la explicación científica. Me dice que tal vez sea porque contemplar flores desata algún tipo de instinto evolutivo en los seres humanos. Una flor normalmente indica la llegada de un fruto al final de la estación. Luego hace una pausa y se encoge de hombros y comenta que quizás sea porque, igual que la música, las flores son un lenguaje universal: expresiones de amor, de buenos deseos y comprensión. Quizás la simplicidad y la pureza de las plantas y las flores y sus previsibles ciclos de vida nos tranquilizan y nos devuelven esa sensación de libertad para hacer lo que queramos con nuestra vida que solo sienten los niños.

Creo que me gusta bastante esta teoría. ¿A ti?

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